Brayan Odonel Picado Blandón

22 Años -

Brayan Odonel Picado Blandón

“Pienso que voy a despertar y lo voy a tener aquí”

 

Asesinado en Jinotega el 24 de julio de 2018

El 23 de mayo de 2019 Brayan hubiera cumplido 21 años. Su oficio era panadero, no tenía hijos pero sí un hermano con quien mantenía una buenísima relación. Su mamá, Mayra Felícita Blandón Palacios, recuerda que cuando él nació su hijo mayor tenía siete años y ella se lo dejaba cuidando cuando salía al trabajo. “Prácticamente se creó solo con él, el niño grande cuidaba al pequeño y yo todo el tiempo fui madre y padre para ellos”, relata.

“Mi relación con Brayan era perfecta”, dice doña Mayra. “Era un niño sencillo, muy respetuoso, cariñoso, incluso me decía que yo era su novia y que me amaba. Me decía que las chavalas lo cortaban porque él les decía que tenía una mujer en la casa… ‘Vos sos mi amor, vos sos mi novia’, me decía. Incluso a él a veces le agarraba por chinearme y como era recio y me abrazaba, me hacía pegar gritos… teníamos una relación muy bonita”, expresa la madre.

Lo describe como “un niño guapo, porque mi niño era lindo, humilde, respetuoso conmigo y con los vecinos, con sus amigos… Como toda madre que mira lindo a sus hijos, mi hijo era perfecto”.

A Brayan le gustaba el futbol, tenía su equipo, y a veces también se iba a jugar Nintendo. “Aunque tenía 21 años le gustaban las cosas de niño pequeño, no era un chavalo que iba a llegar a las dos de la mañana de una fiesta con tragos, nada de eso!, dice doña Mayra.

Él soñaba con estudiar una carrera corta, porque de todas maneras en esta Nicaragua no hay oportunidades de trabajo, y por eso empezó a trabajar en una panadería y ayudar a la mamá con los gastos de la casa, a quien le daba 600 o 700 pesos semanales.

Brayan aprendió a hacer picos, bonetes y todo tipo de galletas. “Me dijo que quería aprender repostería, pero desgraciadamente Daniel Ortega me lo quitó”, agrega la madre con dolor.

El día que lo asesinaron, el joven salió temprano al trabajo. Sobre las seis de la tarde, el barrio Sandino comenzó a llenarse de policías y doña Mayra fue a la panadería a decirle a su hijo que no regresara a la casa todavía, por precaución.

Una hora después, se produjo un enfrenamiento entre auto-convocados y efectivos de la Policía, los primeros con piedras y los otros con armas, que se prolongó hasta la noche. Temprano en la mañana, una vecina le avisó que había tres muertos en el barrio. “Vea doña Mayra –le dijo— tenga fuerza, que ahí está su hijo”. Ella no lo creyó pero fue a buscarlo y lo vio tendido. No tuvo fuerzas para hacer nada.

“Yo me fui para abajo. No sé quién me dio una bandera azul y blanco y anduve policía por policía diciéndoles ‘gracias por haberme matado a mi niño’. Lo hice para quitarme el coraje, para quitarme el dolor… En eso se agarraron unos chavalos con la Policía y yo quedé en medio de la balacera, y un policía chaparro me dijo ‘Vieja hijuela tal por cual, buscá para dónde agarrar si no querés que te mate, y me estrelló en una pared. Entonces me regresé de nuevo donde estaba mi hijo y me ayudaron a recogerlo, lo velamos donde mi mamá y a las 10 de la mañana me lo llevé para una capilla de la misma comunidad, le hicimos misa y a la una fue el entierro”, agrega.

“Cuando lo miré que estaba muerto yo me acosté con él en el suelo, yo decía que él estaba dormido porque yo nunca esperé que mi niño estuviera muerto…”

Doña Mayra dice que “tiene que haber justicia “terrenal y celestial” y se aferra al legado de Brayan. “Para mí la memoria es recordar todo lo que le pasó a mi hijo. A mí me parece que es un sueño lo que estoy viviendo… me parece que mañana me voy a despertar y que lo voy a tener aquí”, expresa la madre.

Y agrega: “Dicen que los muertos se mueren cuando uno los olvida, pero para mí, mi hijo está vivo. Yo daría el mensaje de que a nuestros chavalos no los olviden, que sigan presentes en nuestros corazones, porque ellos son héroes y por ellos vamos a tener una Nicaragua libre”.


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